Me puse a buscar entre mis recuerdos. Sería capaz de identificarlo, pero nunca lo he vuelto a percibir. El olor de mi amigo. Vamos a llamarlo solo amigo. Recuerdo el olor de la colonia que le ponía su madre. Pero nunca lo he vuelto a olisquear. Era y es mi amigo. Y quiero hacerlo presente, porque dicen que la memoria y el recuerdo es lo que mantienen vivas a las personas. Hoy hago presente a mi amigo.
Reflexionando sobre el poco tiempo que viví junto a él (unos 3 años solamente), me salta a la memoria aquel verso del maestro Antonio Machado. Quizás ya lo puse en alguna que otra entrada, pero es tan maravilloso que no puedo dejar de compartirlo con vosotros y vosotras. Es el inicio de mi bien amada obra de ‘Campos de Castilla’, se llama ‘Retrato’
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura1 el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites6 de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Y mi infancia son recuerdos de vivencia con mi amigo. De los juegos en el patio en dónde vivíamos. Del subir y bajar constante de su casa a mía. Del balón de futbol compartido y siempre usado. De los partidos de ‘futbol’ en el pasillo de mi casa, con mis hermanos y con mi amigo. Y muchos recuerdos que no logro traer al presente. Aprender de la vida. De quién eran los ‘Reyes Magos’ y de no querer creértelo. Aprender del sufrimiento. De la amistad hasta la muerte. Cuanto te quiero mi amigo.
Y que pena no saber que hubiéramos hecho juntos, que otras aventuras hubiéramos vivido. No saber que hubiera pasado si tu vida hubiera continuado. Seguro que yo no sería el mismo. Seguro que sería otra persona. Pero también soy quien soy gracias a ti.
Y me vienen recuerdos de inocencia, de ingenuidad, de confianza y amistad. Ojalá pudiera volver a oler su fragancia. La reconocería seguro.
Fueron pocos años, ya os digo. Desde los 7 a los 10. Importantes años de mi vida. En ellos perdí muchos referentes y gane en madurez para la vida. Pero sigo intentando recordar, lo que nos gustaba ver ‘La abeja Maya’. Esos paseos al atardecer por Valdelagrana. Ese cariño de ser niño y vivirlo con tu amigo.
El sonido de las olas del mar, el olor de la brisa al tocar tu cara, el correr sin poder usar las piernas, el estar con tu amigo aunque sintieras pena.
Recuerdo la redondez de su cara y sus facciones aniñadas. Sus ojos azules y profundos. Su risa a carcajadas. Sus saltos en la cama, antes de ir a dormir.
Sus últimos días también fueron duros. Recuerdo su caída de la cama y su ojo amoratado. Su pierna cada vez más hinchada y el cáncer que avanzaba. Y él, siempre quería que estuviera a su lado, siempre que lo acompañara, como guardián de sus sueños, como amigo del alma. Por eso valoro la verdadera amistad que mi amigo me enseñó cuando solo tenía 10 años.
En un esfuerzo por recordar, dibujo su cara. Redonda. Bonita y sincera. No es un gran dibujo, solo la excusa para el recuerdo. Te la comparto. Entre nubes la esbocé, porque entre nubes debe estar.

Nunca tuvimos una bicicleta pero si el tiempo suficiente para demostrarnos nuestro amor y afecto.
Allí en dónde estés, amigo, volveremos a vernos. Volveremos a amarnos.
Te traigo hoy un dibujo simple, casi un boceto, algo sencillo. Lo titularía ‘un olor’. Espero volver a percibirlo algún día.

También quiero compartir contigo otros dibujos y creaciones que hice ya hace tiempo y buscando han vuelto a mis manos. Ha sido un fin de semana emocionalmente intenso.
Hoy más que nunca, muchas gracias por leerme y ánimoooosssss!!!!
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La infancia y los olores que nos la evoca. Esa mirada sincera y llena de amor y casi adoración entre amigos son para siempre. Y no importa lo que dure la relación, porque siempre está en nuestro corazón el recuerdo indeleble de esa amistad.
Es precioso recordar con tanto sentimiento ese amigo de la Infancia…y recordar con dulzura ese olor peculiar de él…jjjjj me encanta incluso esos dibujos que hacen en tu memoria recordarlo aún más…Bravooooo esa amistad.